PETARE

PETARE

Definitivamente era una mañana calurosa, Carolina bañaba las calles de Caracas de toda ella. El Sudor recorría sus pechos y mojaba los pocos billetes arrugados, dándole a Bolívar una cara de tristeza e indigencia. Eran las 11:35 y ya estaba en el infierno. Las calles de Petare estaban abarrotados de gente y el sonido era estruendoso, casi comparable con la llegada de un deslave. Motos, gritos de vendedores, alboroto y voces alteradas de los transeuntes, mas el olor nauseabundo de el humo de los carros, la alcantarillas rotas; todo eso aunado a los alaridos latentes de desesperación de su propio interior hacían que Carolina sintiera nauseas. Todos sus sentidos le decían que saliera de allí, pero... estaba definitivamente atrapada. Atrapada, atascada, en su propia vida, en su propio pais, en su propia y compartida cola para comprar comida. Dentro de su propio letargo, sacaba cuentas de cuanto dinero quedaba, y de que cosas podia adquirir. Obviamente una tarea ya repasada una y mil veces antes de salir de su casa, pero que quiza era una costumbre para hacerse la idea fantasiosa que tuviera mas dinero, que podria comprar otras cosas.. pero no, la realidad era simple, no habia para mas que comprar, harina y un pedazo de queso.. nada mas. Y es que definitivamente Carolina vivia en Venezuela, la tierra besada por dioses pero pateada por los demonios. Carolina era una mas en las estadisticas de mujeres en la hambruna del tercer mundo... o quiza Carolina no estaba dentro de ninguna estadistica.. Carolina en realidad no existia, era un fantasma mas de los miles de fantasmas que deambulan vivos por latinoamerica, que solo son numeros a la hora de una votacion o eleccion.. ella, esa mujer color ocre, cabellos castaños, ojos cafe, solo existia en el puesto de la cola, en los ojos del vendedor al entregarle la mercancia, en la acera donde caia su sudor, y en cada area de su casa donde la recibian su perro Oso y su hijo Emmanuel. Rodrigo. Un alto enclenque flaco, ojos saltones, cuya gran sonrisa ocultaba su tristeza. Desde que el recuerde, era transparente para las personas, el no llenaba los estereotipos de masculinidad, hombria y etc. Ese modelaje social donde la gente tiene que ser bonita para ser reconocido, alli definitivamente no cabia Rodrigo. Toda esta particularidad, hacia al hombre solitario, taciturno, casi mudo. Pero no lo era, dentro de el habia un hombre, un pasado, y un presente.. El aun no lo sabia. Rugia la moto roja por la autopista saliendo de la Urbina, Rodrigo iba tarde para repartir, pero la brisa refrescante en su cara, hacia que olvidara por instantes su tristeza, sus problemas, eran solo el y su moto roja. El zigzaguear de entre los carros, lo convertian en casi ave, o en un animal rapido, definitivamente, no habia algo mejor para sus penas que andar en su moto y dejar atras a la sociedad y su discriminacion, a la escases y a los problemas. La coloca casi interminable llegaba a su fin.. o bueno la cola hasta donde estaba Carolina. Destro da tantas cosas incoherentes ella pensaba como habian tantas personas haciendo cola si casi nadie tenia dinero para comprar?.Pero aun asi hubo un brillo de felicidad porque solo quedaban dos personas delante de ella, y ya casi saldria de esta pseudo prision para recorrer aun mil calles y mil sudores para llegar a su hijo. El hombre flaco de ojos saltones y moto roja llego a la puerta del local y sonreia. ¿Porque sonreia?, ¿que hace que en este dia caluroso e infernal alguien sonria?.. y mas alla de eso ¿porque diantres paran la cola por el?.
Rodrigo esboza una sonrisa hacia el dueño del local, mientras el Chino Ziung, ni lo percibe, el solo quiere su paquete lleno de documentos y ya.
La cola se detiene, y los gritos de indignacion de los que esperan por comprar comienzan. Rodrigo definitivamente acostumbrado al rechazo social ni se inmuta. 
Carolina, deja de pensar por un momento en la suma y resta de los pocos billetes, y en lo poco a nada que pueda comprar con ellos, y entre la frustracion y la rabia tambien interpela Ziung.
Ziung en realidad no era chino, aunque todos los Venezolanos que conocemos a un asiatico dueño de un local le decimos Chino. El en realidad era tambien un Venezolano nacido en Valencia hace mas de 30 años, por lo que estaba acostumbrado a la faena y comportamiento frustrado de los clientes. El como muchos son una generacion nacida y criada en el pais, como muchos inmigrantes.
Asi que la mejor salida ante un casi sublevacion fue dejar de atender al publico mientras contabilizaba los documentos que trajo Rodrigo.
No se sabe si fue el calor, el sonido de la calle, el humo de los carros y el cierre temporal de negocio que hizo que la cola se convirtiera en una sublevacion. Comenzaron gritos y empujones de de lado y lado, lo que a su vez se tradujo en golpes de lado y lado, y en algun momento del conflicto rodo por el suelo Carolina, rompiendose lo que le quedaba de camisa , y alli estaba siendo pisoteada.
Rodrigo, observaba el espectaculo de lejos, pero le llamo la atencion desde el suelo, un brazo ocre, unos cabellos castaños, y quien sabe porque, tal vez ni el mismo sabe, se aparto de su moto y jalo aquel brazo, liberando a la mujer de su tormento.
Carolina jadeaba mientras tapaba sus pechos, los billetes desaparecieron al igual que su ilusion, tan solo le quedaba algo extraño fuera de ella misma, una mano en su brazo, otra mano en su mano.. Al subir la vista, encontro unos ojos saltones que la miraban con misericordia. Ella una mujer acostumbrada a la dureza de las calles, se desvanecio en llanto, mientras Rodrigo la apartaba de la multitud, de la tristeza, de la melancolia, de la suma, de la resta.
Alli estaban los dos Carolina y Rodrigo, dos desconocidos encontrados mutuamente por la barbarie inequivoca de la frustracion de un pueblo.
Ziung abrio nuevamente el paso, y continuo la venta.
Rodrigo miro a Carolina como preguntandole que iba a hacer, y ella aun con lagrimas en los ojos, le enseño las manos vacias y sin dinero... no se sabe porque pero ambos sonrieron y esa sonrisa borro todos los pesares de Rodrigo y Carolina por instantes. El le ofrecio su chaqueta azul y tapo su desnudo torso. 
A Rodrigo se le olvido el trabajo y a Carolina la escases. El se ofrecio a llevarla a su casa, en la parte alta del Barrio Carpintero, ella accedio. 
Rodrigo conocio a Oso y Carolina a un hombre de ojos saltones y benevolo.
Las calles de Petare, siguen aullando, cientos de hombres y mujeres en encuentros y desencuentros.
El Sol baja, a lo lejos se escuchan las balas de algun enfrentamiento. 
Esta vez la moto roja no va con un solo pasajero. El ronronear del tubo de escape solo nos dice que hay mas velocidad, los cabellos castaños bailan en el viento. Desde aqui no lo veo, pero se que Rodrigo sonrie mientras los brazos de Carolina aprietan su torso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Llueve otra vez o Breve homenaje a quien aun no sabe que recuerdo

Ella

Cenizas